El octavo pasajero

Sus larvas recién liberadas (L1) son consumidas por copépodos del género Cyclops que habitan en masas de agua estancada. Esos copépodos son crustáceos de no más de un milímetro de tamaño. Las larvas experimentan dos mudas en el interior de los copépodos y se convierten en larvas L3. Cuando una persona bebe el agua en que se encuentran, ingiere los copépodos, y con ellos las larvas. Una vez en el estómago, los ácidos gástricos digieren el copépodo, pero dejan la larva intacta. Las larvas libres perforan el intestino y atraviesan la pared abdominal. Después maduran. Los machos fecundan a las hembras y normalmente, mueren a continuación. Las hembras no mueren, siguen creciendo, albergando en su seno un buen número de huevos fecundados que se van desarrollando. Las hembras van, poco a poco, horadando un túnel a través de los tejidos hasta llegar, normalmente, hasta la dermis.

Las hembras llegan a alcanzar hasta un metro de longitud sin que el huésped se percate de su existencia. Los gusanos anestesian al huésped mediante opiáceos que secretan y engañan al sistema inmune cubriendo su cuerpo con proteínas humanas. Un año después de haber sido ingerido, el gusano cambia de táctica. Secreta un ácido abrasador, provoca la aparición de una ampolla y emerge de la piel, normalmente en la pierna o el pie, pero lo puede hacer en cualquier otro lugar. Sólo entonces el sistema inmune se da por enterado de la presencia del gusano y provoca la inflamación del tejido alrededor de la herida. Pero el resultado es aun peor, porque la inflamación fija al gusano en su posición. La quemazón que provoca el ácido hace que que el huésped busque desesperadamente agua con la que aliviarse. Y en el momento en que el gusano percibe la presencia del agua, se contrae de forma violenta para expulsar centenares de larvas que, a su vez, infectarán a nuevos copépodos si es que los encuentran.

Además de lo descrito hasta aquí, los gusanos pueden causar más daño aún. Se pueden perder en el interior del huésped y alcanzar la médula espinal, por ejemplo, o el corazón. La gravedad y el daño que que cause dependerá de los tejidos y órganos por los que pase.

Una vez producida la infección no hay tratamiento posible ni vacuna. Lo único que cabe hacer es, tras asomar la cabeza por la herida, ir extrayendo poco a poco el gusano. Pero la extracción, que debe realizarse muy poco a poco, puede prolongarse meses y cada maniobra de extracción provoca un intenso dolor. Además, el lugar por el que emerge el gusano puede infectarse y causar complicaciones adicionales incluida la muerte.

El malvado protagonista de esta historia es el gusano de Guinea o gusano de Medina, cuyo nombre científico actual es Dracunculus medinensis (dragoncillo de Medina), un gusano nemátodo, para más señas.

Se tienen noticias de este parásito desde el siglo II adC y hay restos del mismo en momias del antiguo Egipto. El área afectada por la enfermedad era muy extensa hace tan solo cien años. Se extendía por toda África y hasta Bangla Desh por el este y el sur del antiguo imperio ruso, por el norte, en Asia. Lo curioso de esta infección parasitaria es que hay pocas enfermedades tan fáciles de erradicar como esta. Basta con filtrar el agua que se bebe a través de una red de luz de malla inferior al tamaño de los copépodos. Gracias a esa maniobra tan sencilla, la enfermedad ha pasado de afectar a 900 millones de personas hace dos décadas, a algo menos de 3.500 en la actualidad, la mayoría de ellas en el sur de Sudán. La razón por la que en Sudán todavía el año pasado se contabilizaron 2.750 casos es el conflicto bélico que se vive en esa zona y las dificultades para que pueda desarrollarse en ella el programa de erradicación aplicado en el resto de países. Como se ve, también aquí valen las palabras del verso de Muñagorri: “gerrak ez dakar onik, iñundik iñora”.

Aquí se puede ver un esquema del ciclo de vida del gusano

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