El homenaje a los dinosaurios

Se reproduce debajo el ensayo El homenaje a los dinosaurios de Giorgio Manganelli (1922-1990), traducido del italiano por Fabio Morábito Barocas, y aparecido en la revista Vuelta 211, 67-69, 1994 (México): una parábola sobre el Fin de los Tiempos.

Estegosaurio y alosaurio, Denver Museum of Science and Nature

Estegosaurio y alosaurio, Denver Museum of Science and Nature

Siempre he sentido una profunda, aunque no claramente explicable, simpatía por los dinosaurios. Son muchos los rasgos fascinantes de su historia: eran enormes, eran los dueños absolutos del planeta por una suerte de derecho heráldico hereditario, tenían bajo control el mar, el cielo y la tierra y, por último, no desaparecieron poco a poco, volviéndose día tras día más decrépitos, sino de golpe, cuando su extraordinaria fuerza física se encontraba en plenitud; y nadie, hasta ahora, ha podido explicar por qué desaparecieron de un modo tan sobrio, discreto y radical.

La desaparición de los dinosaurios ocurrió aproximadamente hace unos setenta millones de años, lo que explica por qué ningún hombre, ni el más rudimentario y emotivo, se haya topado jamás con un dinosaurio. Tuvieron que transcurrir varias decenas de millones de años antes que hiciera su aparición ese ser extraño que profesa la matemática, la literatura, la teología y la guerra. Pese a eso, los dinosaurios pertenecen a nuestro mundo; representan una suerte de imagen monstruosa y fantástica que habita en la oscuridad de nuestros sueños.

Nunca hemos conocido a los dinosaurios y sin embargo, sin ellos, seríamos diferentes. Nunca logramos quedarnos demasiado tiempo sin hablar de nuestros desconocidos amigos. Ociamos en el café, leemos libros fútiles, nos preguntamos sobre el más allá, votamos, escuchamos a Brahms, luego de pronto, sentimos la comezón de siempre: ¿Qué ha pasado con los dinosaurios?

De vez en cuando descubren en un desierto un “cementerio de dinosaurios”, encuentran un huevo, dos huevos, una docena de huevos, sacan la tierra y la revuelven en donde tienen proyectado construir una carretera, un trébol, una autopista, y emerge un colosal, tranquilo, taciturno y ni siquiera alusivo cráneo de dinosaurio. Tengo la impresión de que los dinosaurios fueron, a su manera, educados, pacientes, con tendencia a deprimirse, sedentarios.

De cualquier modo, aunque no se encuentre nada, aunque transcurran semanas –pero es difícil que sean más que semanas– sin que emerja una esquelética familia, un organigrama de cráneos, aunque se ausenten temporalmente como si hubiesen emigrado a las eternas praderas de los buenos dinosaurios, aún en ese caso su muerte nos perturba, nos persigue, nos molesta, nos cuestiona. Alguien que dedicó su vida a los dinosaurios dijo: eran gordos, torpes, demasiado especializados, fue suficiente un cambio de clima para que desaparecieran; todas esas toneladas eran frágiles, indefensas, enfermizas. Pero otro especialista, que dedicó su vida a los dinosaurios, rebate: qué especialización ni que nada, los dinosaurios estaban notablemente diferenciados, nunca sintieron la menor molestia por el clima, comían de todo.

¿Lo ven? Nunca acaban de sorprendernos los dinosaurios.

Otros más opinaron –personas que también habían dedicado su vida a los dinosaurios– que había cambiado la vegetación, que los vegetarianos ya no encontraban las verduras de antaño, que murieron de hambre por desidia; y los carnívoros ya no tuvieron nada que comer, se quedaron unos cuantos siglos parloteando cada vez acerca de esas sabrosas carnes rojas y se extinguieron. ¡Pero háganme el favor!, opina alguien que dedicó su vida a los dinosaurios, si para extinguirse hicieron falta algunos siglos, digamos quince o veinte, habrían tenido todo el tiempo de adaptarse a la nueva alimentación, suponiendo que de veras hubo tal cambio. Y por lo tanto la muerte de los dinosaurios sigue siendo un misterio. En un punto los especialistas estaban de acuerdo: la desaparición había sido rápida, pero no instantánea, una cuestión de siglos. Pero ahora tenemos otra teoría, fruto de elucubraciones más sutiles, basadas en documentos más alambicados. Ya habrán leído la famosa historia del meteoro que se estrella contra la tierra, una catástrofe ecológica en el lapso de unas semanas, –¿pero existían las semanas en ese entonces?– con el cielo que se oscurece mientras la ceniza oculta al sol, la temperatura se precipita a menos veinte o menos treinta en todo el planeta, los volcanes explotan y los continentes se hielan y los mares se convulsionan. Si todo esto es verdad, los dinosaurios no desaparecieron en unos siglos, a lo mucho en un mes, en menos de una estación. Pero junto con ellos habrían muerto todos los seres vivientes, excepto los más insignificantes, entre los cuales cabe incluir los primeros proyectos de hombre. Lo que me interesa en toda esta historia es que se siga proponiendo diferentes tipos de muerte, como en una novela policiaca dominada por un asesinato problemático. ¿De qué se habrá muerto el viejo duque? Reticente y huidizo, el viejo duque sonríe. Los detectives se vuelven taciturnos e intratables.

Me pregunto si no es precisamente esta desaparición radical y repentina de la estirpe “dueña del mundo” lo que vuelve tan atractivos, tan amables, tan misteriosos y comprensibles a nuestros viejos dinosaurios. Esa desaparición tan rápida, ¿no le sugiere nada? No pretendo ponerme moralista ni mucho menos didáctico, pero ¿no les parece que existe cierto parentesco moral entre nosotros y aquellas bestias descomunales? ¿No será una vocación propia de los dueños del mundo la de desaparecer, ¡bum!, en un par de semanas, a lo mucho en un mes? ¿No será que ser dueños del mundo hace daño?

Se me dirá que no resulta que los dinosaurios hubiesen desarrollado una tecnología letal, orientada específicamente a matar dinosaurios. Es cierto, no resulta. Pero reflexione un poco: desde aquellas famosas semanas, ¿cuántos millones de años han transcurrido? Digamos que setenta. ¿Qué huellas quedarán de nosotros, actuales dueños del mundo, dentro de igual número de millones de años? Nuestros huesos son frágiles, los cráneos pensativos pero inconsistentes, ¿quedará de todos nosotros alguna migaja, un ladrillo, un trazo de una carretera? Les sonará a tontería, pero ¿qué tal si los dinosaurios hubiesen desarrollado una tecnología o para decirlo de otro modo, si hubiera existido una “cultura de los dinosaurios”, como se dice ahora?

No olvidemos que los dinosaurios fueron los dueños del mundo no por un periodo de cuatro mil o cinco mil años –y eso poniéndonos holgados– sino durante aproximadamente unos cien millones de años. Son muchos. Supongamos incluso, en homenaje a nuestro racionalismo, que fueran intelectualmente menos ágiles, que tuvieran un sentido débil de la historia, que encontraran dificultades con las matemáticas. ¿De qué, sin embargo, podemos deducir arrogantemente, que les faltara una espléndida literatura, por ejemplo oral? ¿Y no tendrían sutiles disquisiciones filosóficas? Aunque no tuvieran una especial afición por los conceptos abstractos, cien millones bastan y sobran para ponerse a rumiar silogismos. ¿Y por qué no suponerlos poseedores de una vida religiosa intensa, con himnos oraciones y ceremonias? ¿Y no se habrán preguntado nunca sobre la extraña neutralidad de sus dioses, no habrán indagado sobre el nacimiento y la muerte, sobre el antes de haber nacido y el después de haber muerto? Entre los dinosaurios debió de haber profetas, gurús, taumaturgos, médiums, fabuladores, juglares. Cien millones de años son muchos y aunque los imaginemos algo lentos, perplejos y torpes, yo creo firmemente que, poco a poco, una “cultura de los dinosaurios” fue naciendo y desarrollándose con sus sutilezas, sus dramas y sus tragedias. Por ejemplo, ¿qué sabemos nosotros del amor entre los dinosaurios? ¿Eran animales pasionales o más bien partidarios de la quieta felicidad doméstica? ¿Había entre los dueños del mundo unos dueños más dueños de los otros, capaces de someter al yugo de la tiranía a los más apacibles e indiferentes? Apuesto que hubo dinosaurios ascéticos, los cuales desaconsejaron vivamente la ideología de los dueños del mundo. “Acabará todo en una catástrofe”, decían.

Una catástrofe, indudablemente fue así como acabó todo. Tal vez hubo una guerra pero, por lo que podemos imaginar de una “cultura de los dinosaurios”, no hace falta ni siquiera elucubrar una conclusión tan ingenuamente antropomórfica. Sigo pensando en ese periodo descomunal: cien millones de años.

Piensen ustedes en cualquier cultura o civilización o sociedad, familias, tribus, naciones, literaturas y filosofías, religiones. Y piensen en las preguntas que debieron de formular aquellos cerebros titubeantes, tranquilos, esforzados, cómo debieron de mirar el mundo y los animales: verles nacer, multiplicarse y morir, y cómo debieron de escrutar con los párpados medio cerrados la luz imposible y vital del sol o el ojo insinuante de la luna o el pulular de los lejanos rebaños luminosos. Un millón de años de meditaciones, después, un millón de desalentada distracción, un millón y medio de oraciones, de teología, de esperas de milagros definitivos, después un millón y medio de silencio luego de abandonar los círculos de rocas que fungían como templos. Tres millones de años vividos como historiadores, luego dos millones como teósofos, con algun ribete positivista, que tal vez gobernó el mundo durante un millón de años. Cien millones son muchos, tal vez demasiados: un día –a lo mejor un jueves lluvioso– un dinosaurio genio llegó a la conclusión de que ser dueños de un mundo incomprensible exigía demasiado trabajo y entonces comenzaron todos, de común acuerdo, a morir.

1 Response to “El homenaje a los dinosaurios”


  1. 1 Marta MS 05/01/2017 a las 08:10

    Reblogueó esto en Martams's Blogy comentado:

    #HaceTresAños El homenaje a los dinosaurios

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